"mis aventuras en Berretolandia"

Esta parte de mi historia la llamo, con cariño y con humor, "mis aventuras en Berretolandia". Fue uno de los años más agitados de mi carrera, y también uno de los que más me enseñó sobre liderar de verdad.
Venía de trabajar en lo que para mí era uno de los mejores lugares para crecer: una multinacional enorme, de esas que hacen las cosas en serio. Estaba dándole los últimos toques a la implementación de un ERP de primera línea, uno de los dos mejores del mundo, en la operación de otro país. Un proyectazo. Técnicamente, estaba en la cima.
Pero había una pega, y no era el trabajo.
El motivo del cambio
Mi hija tenía apenas un añito. Y los viajes constantes me estaban dejando sin tiempo para ella. Cuando por fin tenía un rato libre, estaba tan agotado que no me quedaban energías ni para estar presente. Esa es una cuenta que, tarde o temprano, todos hacemos.
La decisión la tomé un viernes, en un aeropuerto, después de la enésima cancelación de un vuelo de vuelta a casa. Ahí dije basta: necesitaba un trabajo que me hiciera viajar menos y estar más.
Vi un aviso: "Importante grupo de medios busca responsable de sistemas". Me postulé sin muchas expectativas. A los pocos días me llamaron para reemplazar al gerente de sistemas de un canal de televisión.
La entrevista fue... rara. La pregunta más larga fue "¿por qué querés dejar tu empresa actual?". Les conté lo de mi hija y los viajes, y el tipo me cortó con un "bueno, gracias, te llamamos si necesitamos algo". Me fui pensando: ¿y mi experiencia? ¿mi perfil? ¿no les interesa nada de eso?. Encima me habían tirado un par de tecnicismos sueltos —que estaban armando una DMZ, una VPN— pero cuando repregunté, "es confidencial". Todo medio en la nebulosa.
Volví a mi trabajo medio desilusionado. Y al final de la semana, me llegó la oferta. La acepté. Sonaba interesante, aunque peculiar. No sabía cuánto.
La función empieza (y no se parece al guion)
Mi primer día fue una postal de lo que venía.
Esperé horas en una oficina minúscula mientras el dueño se ocupaba de sus cosas. Cuando por fin me atendió, me presentó al equipo y me soltó en el medio del campo de juego. Y el campo de juego era un desastre: problemas técnicos por todos lados, cero organización, cada cosa colgada de un hilo.
No era solo el área de sistemas. Era la empresa entera funcionando así, a los tumbos, sostenida por la buena voluntad de la gente más que por cualquier estructura.
Ahí estaba yo. Venía de implementar uno de los mejores ERP del planeta, con metodología, presupuesto y equipos formados. Y de golpe aterrizaba en Berretolandia, donde había que empezar por lo más básico: poner orden donde parecía no haberlo.
Dudé, claro. Cualquiera dudaría. Pero decidí quedarme y darle pelea. Y esa decisión terminó siendo una de las mejores de mi carrera.
Lo que aprendí ordenando el caos
Con los años entendí algo que en ese momento intuía: cuando todo está perfecto y armado, no liderás. Administrás. El liderazgo de verdad, el que te forma, aparece justamente cuando caés en un lugar roto y tenés que transformarlo.
Un par de cosas que me dejó "Berretolandia", y que aplico hasta hoy cada vez que me toca ordenar algo desde cero:
Primero entender, después tocar. La tentación de llegar y cambiar todo el primer día es enorme. Es un error. En el caos, lo primero es mapear: qué hay, cómo funciona (aunque funcione mal), quién sabe qué. No podés arreglar lo que no entendés.
El equipo que "no sirve" casi nunca es el problema. Muchas veces te encontrás con gente en roles que no les corresponden, sin formación, apagando incendios. No es que sean malos: es que nadie los ordenó ni los acompañó. Ordenar el sistema es, antes que nada, ordenar y potenciar a las personas.
El orden no se impone, se construye. En un lugar caótico, si llegás a bajar línea de prepo, te estrellás. El orden se gana mostrando pequeñas victorias, una tras otra, hasta que el propio equipo empieza a creer que se puede.
Lo básico primero. No fui a buscar la última tecnología. Fui a resolver lo elemental: que las cosas se sostuvieran, que hubiera un mínimo de estructura sobre la cual, después, construir. Lo brillante puede esperar; lo básico, no.
La moraleja
Aquel lugar que parecía un despropósito terminó siendo una de mis mejores escuelas. Porque la diferencia entre el ideal y lo real no siempre es un obstáculo: a veces es el escenario perfecto para demostrar de qué estás hecho.
Y si estás por entrar a un lugar así —uno de esos donde intuís que la realidad no se va a parecer al aviso— no te asustes. Ordenar el caos es incómodo, agotador y, muchas veces, poco reconocido. Pero es donde de verdad se forja un líder. En Berretolandia se aprende lo que ninguna empresa perfecta te va a enseñar.
Escribo sobre liderazgo de IT y transformación desde la trinchera, con las manos en el barro. Si te sirvió, quedate: hay más historias como esta.